Otro Miércoles de Ceniza sin tí.

Óleo del Cristo de la Buena Muerte, realizado por mi padre.

Te debía esta entrada. Y es que el año pasado, tal día como hoy se me hizo imposible. A pesar de que los días transcurren y el corazón se cicatriza despacio, este año debo escribirte unas líneas.

Otro Miércoles de Ceniza. Para mí y para el resto de los miembros de mi casa era el día en que se iniciaba todo este derroche de vivencias y sentimientos. Mi padre tenía como promesa sacar la Cruz del Guía de la Cofradía del Silencio y es que a mediados de los 80 y 90 había tortas para asumir un atributo, como antaño se decía y que ahora, quizá erróneamente hemos cambiado por el término insignia. Así las cosas, el Miércoles de Ceniza era un día que mi padre madrugaba, pues al trabajar en el Diario Lanza, su hora de ir a la cama era la hora de levantarse de los demás. Por eso o madrugaba o no se acostaba y a primera hora se presentaba en casa de don Rafael Ruiz para solicitar, antes que nadie, la Cruz de Guía.


Recuerdo cómo a la hora de comer, con un potaje de Cuaresma en el plato, contaba la cantidad de gente que solicitaba los atributos, y algunas veces cómo estuvo a punto de no poder sacar su querida Cruz..... anécdotas que como niño no llegaba a entender por qué mi padre nos contaba aquellas cosas. Poco a poco, uno se iba haciendo mayor y asumía por qué mi padre realizaba aquella ceremonia anual. Era muy sencillo. En su día hizo una promesa al Cristo de la Buena Muerte. Si Él le mantenía su trabajo, mientras tuviera salud estaría todos los años que pudiera con aquella Cruz de Guía. Y así hasta el año 2006, último año que procesionó, ya que en mayo del citado año tuvo aquel desafortunado percance que le jubiló y no le permitió mantener aquella promesa. Lo que está claro es que el Cristo de la Buena Muerte le mantuvo en su puesto de trabajo.


Miércoles Santo. No había Cofradías por la tarde, aún por nuestras calles. Un día laborable más que deseábamos que pasase rápido para ver el Silencio. Y así, tras todo el día trabajando, aquella madrugada llegaba a casa del periódico y mi madre, deprisa y corriendo le ayudaba a ponerse su túnica. Y de allí, corriendo a San Pedro y nosotros a la cama hasta que escuchábamos las cadenas venir por la plazuela del Carmen. Recuerdo casi como en un sueño aquella bombilla azul que tenían mis padres en la lámpara de la mesita de noche. Aportaba con su tenue luminiscencia un aura fantasmagórica que acompañada con el runrún de las cadenas, convertían la madrugada en un momento mágico y místico. Y con el pijama debajo del chándal y de la mano de mi madre, bajábamos la calle Infantes para contemplar aquella multitudinaria Santa Compaña que ya se vislumbraba por la angostura de la Zarza. 

Y el primero que pasaba era mi padre. Con su capuchón a lo franciscano y su cruz echada al hombro, pues como él decía, "así se lleva mejor y la procesión es muy larga". Y al vernos nos saludaba ligeramente con la mano, aunque ya sabiamos quién era aquel enlutado encapuchado. Tras él cientos de cofrades, enmarcados en dos filas de penitentes cercanos ya al final de su procesión. Alboreaba el Día del Amor Franterno. En la calle Azucena nos pillaba a dos niños de la mano de su madre cuando el Mayor Dolor de otra reviraba hacia el Prado saludada por los pajaros más madrugadores.

Mi infancia acabó el año en que acompañé a mi padre como penitente a la procesión del Silencio, allá por 1991. Aquel momento de espera, de misterio, de orgullo porque él era la persona que abría el camino de tan afamada cofradía, se transformaba en otro sentimiento. Era ya su escudero, el heredero de sus costumbres y tradiciones, de su fe y su devoción. Por eso puedo decir con orgullo que si ahora soy lo que soy, no cabe duda de que es gracias a él. 

Por eso, te debía estas líneas, porque hoy que empezamos otra Cuaresma y gracias a todos estos recuerdos,  te tenemos más que nunca presente en nuestro día a día.

Mañana pídele al Jefe de la Gloria tu papeleta de la Cruz de Guía, no sea que alguno se adelante y te toque sacar el bacalao.



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