Cuando un amigo se va...


Así reza la sevillana universalmente conocida por todos. Y es que Marcelino Abenza, para quien esto escribe, era más que un amigo. Fue un maestro en esto de la Semana Santa, asesor, consejero y cómo no: un amigo, que esto último, sin duda es lo que más valoro y guardo con cariño. Dos meses hace que nos dejó camino de la Casa del Padre y no he tenido la suficiente fuerza ni inspiración para enlazar dos o tres líneas que intenten expresar cuánto lo añoramos. Pero hoy, a unas horas de presentar su libro homenaje a su labor cofrade, no puedo dejar pasar la ocasión de escribir sobre él y de lo que lo echamos de menos.
Conocí a Marcelino y Carmen, su inseparabe esposa, en la Casa Hermandad de las Penas, allá por el año 2001. Nos unió una relación de amistad alejada, sorprendentemente, del mundo del costal, pues yo nunca fui costalero, pero sí estábamos cercanos en lo cofrade y en cómo se debía entender globalmente una Cofradía de Semana Santa. Recuerdo las tertulias oficiales que organizaba en dicha sede y las tertulias más personales donde se mezclaba, no solo lo cofrade, sino muchos más temas.
Siempre afable conmigo. Cualquier cosa que necesitaba, ahí estaba su consejo. Al igual que yo, y en eso nos pareciamos, vehemente y directo, sin cortapisas. Siempre de frente, de ahí que muchas veces se malinterpretara por algunos, sus palabras y actitudes.
Y así han ido pasando los años. Desde lo cofrade, un diez. Desde lo personal, ad infinitum. Marcelino Abenza más que mi capataz, era mi amigo. No puedo olvidar su labor como capataz en mi Cofradía de las Penas, lógicamente, ni su ilusión por poner más pasos a costal, lo que significaba la implicación total en tal o cual Hermandad. Quiero acordarme de la persona, de su personalidad arrolladora que no dejaba a nadie indiferente, a ese niño de la mirada ilusionada cuando escuchaba un tambor o un golpe de llamador.
Marcelino nos ha dejado huella. Verbigracia: a los dos meses de su falleciemiento se han multiplicado reconocimientos, homenajes y un libro de todo lo legado a nuestra Semana Santa, ¿quién en los últimos años ha tenido tales honores en una ciudad y una Semana Santa que es capaz de devorar a sus hijos por una miseria? Pues él, Marcelino Abenza. Por algo decía el Señor, "por sus obras los conoceréis"

¡Ahí quedó!

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